usta no puede dormir, no después de lo que ha pasado. Puede escuchar una y otra vez las palabras del padre de Hotman, “ya no eres mi hijo”. Sin sueño, ardiendo de rabia, se levanta y se dirige al pequeño gimnasio de la base. Tras el primer puñetazo al saco, el estruendo hace que se detenga. No quiere despertar a todo el mundo. Nunca antes había notado que todas las restricciones han saltado, siente un odio tan puro que le quema las venas. Comienza a hacer flexiones, dominadas, ejercicios violentos de todo tipo intentando no hacer mucho ruido. Poco a poco, según el cansancio hace mella en sus músculos, cuando se queda sin aliento, su mente comienza a despejarse, a dejar sitio a una idea afilada como un estilete, clara como el sol de invierno, fría como el corazón de la noche: ella es Sentencia y ha condenado a ese hombre. No sabe cuando ni como, pero pagará por lo que le ha hecho a Hotman. Justa cae al suelo derrotada por el esfuerzo, cubierta en sudor, los músculos ardiendo y sin aliento. Sabe en ese momento que toda la rabia que ha estado quemando no es por Hotman, o no solo por él.
Casi de inmediato, según el aliento se le va tranquilizando, empieza a comprender lo que de verdad significa haber decidido convertirse en Sentencia. No puede esperar a que haya justicia en los hombres, tampoco en el universo. La justicia debe buscarla ella y ese hombre debe pagar su pena. Esa idea pesa tanto que durante unos segundos no se siente capaz de moverse, de pensar. Se gira en el suelo con dificultad. Le duele todo el cuerpo. Se pone de rodillas y se levanta. Camina tambaleándose hasta el baño donde se da una larga ducha de agua muy caliente. Mientras el agua corre por su piel asume que puede que no consiga nada, que el mundo es grande, que hay poderes mucho más allá de sus fuerzas, pero que da igual, que nunca se ha tratado de lo que consigues sino de lo que haces para conseguirlo. Ya no hay rabia, hay resolución. Cuando está secándose ve que la puerta del baño se abre. Es Hotman, vestido con su pijama amarillo. Justa le sonríe y continua secándose sin ningún pudor. —Tú tampoco podías dormir Hot. —Yo sí, pero te he oido en el gimnasio.
Hot se sienta en un banco, ella también y continua secándose. Ninguno de los dos dice nada durante algunos minutos. Luego Justa lo mira desde muy cerca. —Lo voy a matar. No sé cuando ni como, pero está sentenciado.
—¿Sabes como fue el último encuentro con mi padre? —¿Cuándo lo has visto? —Aquel día que fui tarde al centro comercial. —Ya me pareció a mi raro. Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada, ni siquiera se miran. Hotman sigue hablando pero en voz más baja, como si las palabras saliesen de algún pozo profundo y oscuro. —El no salió muy bien parado. Esta ha sido la respuesta de un hombre jodido: no me ha podido dominar y eso le ha vuelto peligroso. Quizá sea la primera vez en su vida que alguien no hace lo que él quiere. ¿Y sabes? —por primera vez Hotman sonríe. Se vuelve hacia Justa y le toma las manos— eso me alegra. Estoy cansado de odiarle, cansado de que sea motivo de mi rabia y de mis pesadillas, quiero dejarle atrás y para ello creo que lo mejor es dejarlo estar. Es suficiente castigo que me vea por ahí como la viva imagen de su fracaso no como padre, eso nunca ha sabido serlo, sino como jefe de la saga familiar que él hubiera deseado. Hotman la mira a los ojos, profundamente azules y le cuesta un mundo mantenerle la mirada. Ha visto muchas veces a Justa enfadada, pero nunca con la intensidad que tiene en esos momentos. Traga saliva, lo último que quiere es que se enfrente e su padre y sea herida o muerta pero sabe que ya no son solo unos chicos aprendiendo, jugando, creciendo. Que en momentos como ese les domina algo más. En un destello de comprensión, entiende que ser un superhéroe —más allá de las capas y las chorradas— es sufrir esa intensidad sobrehumana que los anima a hacer cosas enormes, desproporcionadas, imposibles, grandes errores o grandes hechos, aun a costa de la propia vida. Justa de repente pierde la mirada de hielo. Levanta la mano y le acaricia la cara. —Al menos tú tienes un padre.
—No lo entiendes, es mejor no tener padre a tener uno como el mío. —No lo sé, ya no estoy segura de nada. Durante unos segundos Justa baja la vista. Hotman se queda sorprendido. Ella, hasta cuando duerme desprende un aura de energía, de seguridad pétrea, que en esos momentos no está, ha desaparecido. Durante unos segundos se pregunta si toda esa fortaleza no es más que una apariencia, un escudo antes los demás pero sobre todo ante sí misma. Puede ser, piensa, pero somos lo que decidimos ser y si hay alguien con una voluntad férrea en el mundo es ella. De repente la Justa de siempre vuelve como un pequeño huracán.
—Hot, al principio estaba contigo un poco por probar, un juego, pero creo que esa fase ya ha pasado. Hotman sonríe abiertamente al contestar. —¿Me vas a dejar? —No, imbécil, todo lo contrario. En el momento más valiente de toda su vida, se acerca a ella esperando besar el hielo de una estatura y se encuentra, sin embargo, con el fuego, lava, rabia y energía precipitada en un sentimiento común como nunca hasta ese momento había sentido. En ese momento recuerda que el chip de su padre quizá ha accedido a sus recuerdos mas preciados, a los momentos que ha pasado con Justa, el sexo, pero también, y eso es aún más doloroso, los momentos de complicidad, las risas, el mirarse y sonreír como idiotas. Esme le ha dicho que puede que no sea así, que las palabras de su padre parecían una grabación, pero no puede evitar la sensación de que está ahí, espiándole insidiosamente. Por un momento se arrepiente de sus palabras y quisiera aplastarlo, hacerle explotar. Siente la temperatura de su piel elevarse y Justa también. Se separa un poco de él. Comprende en ese momento que la existencia física de su padre no es relevante. Como ha dicho, es mejor que siga vivo. De donde tiene que extirparle es de su memoria, quemar sus recuerdos con nuevas vivencias y sin que Justa se oponga, se pone a ello en el frio suelo del baño, con una intensidad que ni ella ni él sabían que sería posible. Mucho después, ya en la soledad de su cuarto, mientras Hotman duerme en su cama, Justa abre un nuevo directorio en su portátil. Se llama “Sentencias” dentro crea una subcarpeta llamada “Padre de H” que comienza a llenar con toda la información que consigue en la red sobre él.